Mi hijo adolescente se quiere ir de casa, ¿Qué hago?

Los adolescentes se sienten cómodos entre sus compañeros, quienes atraviesan los mismos cambios físicos y psicológicos que ellos. Es de mucha ayuda para ellos el tener amigos que están viviendo las mismas experiencias y que pueden disminuir las ansiedades de los momentos difíciles. Cuando cuestionan las ideas o normas de nosotros los adultos, recurren a ellos para pedirles consejo, y cuando se plantean ideas o valores nuevos, pueden hablarles abiertamente sin temor a ser ridiculizados por los adultos o sentirse fuera de lugar. El grupo de compañeros también es un lugar donde establecer relaciones cercanas, que sirven como base para la intimidad en la edad adulta. Además, los amigos proveen diversión y emoción a los adolescentes con su compañía y recreación.

Los adolescentes tienden a escoger amigos con rasgos muy similares a los suyos, de manera que la influencia que ejerce el uno en el otro los hace más parecidos. En la adolescencia, esta similitud entre amigos es más importante que en cualquier otra época de la vida, tal vez porque los adolescentes luchan para diferenciarse de nosotros y les resulta necesario contar con el apoyo de personas que se parezcan a ellos. Por este motivo tienden también a imitarlos como si se tratara de una pensión; no participa de las reuniones familiares ni de las ilusiones de todos; acaba refugiándose en un mundo de ensueño fabricado a su medida. Esta situación puede llegar a producir una fuga en toda regla, en cuanto contacte a amigos que lo animen a ello.

Las causas de las fugas son muy diversas, en la mayor parte de los casos, tienen mucho que ver con las malas condiciones del ambiente familiar y social: matrimonios separados, desavenencias conyugales, falta de cariño en el hogar, poca comunicación, etc. Otra causa frecuente la constituyen las presiones familiares: las actitudes autoritarias y proteccionistas de los padres, la educación rígida. En este ambiente, un fracaso escolar o el miedo a un castigo puede ser motivo suficiente para que el hijo abandone el hogar. Por último, la marcha de los hijos también puede obedecer a presiones de personas o grupos que, aprovechando su inmadurez, provocan esa huida.

Como padres, hemos de tomar conciencia en primer lugar de que el problema de las fugas adolescentes aumenta seriamente en nuestros días. Y se dan casos hasta en los ambientes familiares normales, tanto por la personalidad de los hijos como por las influencias negativas del ambiente social. Por eso no hay que hacer un mundo de ello si ocurre en nuestra familia, ni pensar que hemos fallado como padres. 

La convivencia familiar ha de favorecer las necesidades básicas de seguridad y de desarrollo personal de cada hijo. Hay que huir de dos extremos: ni forzar a nuestros hijos más allá de lo que pueden dar, ni abandonarlos a su suerte. 

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