Los efectos de las bebidas energéticas en los niños

Las bebidas energéticas son bebidas que, en los últimos años, han conseguido una enorme popularidad entre la población más joven, debido a su sabor y a sus supuestas cualidades a la hora de proporcionar energía, motivo por el cual tiende a ser un reclamo para adolescentes.

Consisten en bebidas que contienen cantidades altamente concentradas de algunos estimulantes, donde la cafeína se caracteriza por ser uno de los más comunes, además de otros ingredientes típicos como azúcar, edulcorantes, determinados suplementos herbales, taurina y vitaminas.

Durante años se han venido comercializando como una opción a la hora de mejorar la concentración, la energía y la resistencia, además de favorecer el rendimiento deportivo y, en algunos casos, la pérdida de peso.

Sin embargo, la realidad es bien diferente: aunque es cierto que la cafeína es un estimulante del sistema nervioso, cuyos beneficios se han reconocido a lo largo del tiempo, en realidad existen estudios muy limitados para probar muchas de las afirmaciones relacionadas con los supuestos beneficios proporcionados por las bebidas energéticas.

Es más, se han encontrado una amplia variedad de efectos secundarios que, en realidad, plantearían todo lo contrario: es decir, si se trataría originalmente de una opción adecuada para consumirlo con regularidad. Y lo que es aún más preocupante: si se trataría de una opción apta para los niños.

No en vano, aún cuando este tipo de bebidas no se recomiendan para los niños, es evidente que en los últimos años su consumo por parte de jóvenes con edades comprendidas entre los 11 a los 18 años de edad se ha llegado a incrementar considerablemente. 

¿Por qué las bebidas energéticas no son seguras para los niños?

Debemos tener en cuenta que, en la mayoría de las ocasiones, las bebidas energéticas tienden a contener cantidades elevadas de cafeína, un estimulante poco o nada recomendado entre los niños pequeños, hasta los 12 años de edad; etapa a partir de la cual lo aconsejable es que no consuman más de 100 mg de cafeína al día (equivalente a una taza de café).

Sin embargo, las bebidas energéticas pueden contener en promedio desde 50 mg a 500 mg de cafeína por porción, por lo que no se trataría de una opción muy recomendable entre los más pequeños.

Además, tampoco debemos olvidarnos de otro aspecto fundamental: su elevadísimo contenido en azúcar, que también tiende a convertirse en un serio problema.

Aunque la mayoría de las personas adultas sanas, y sin ningún tipo de afección o problema de salud que contraindique su consumo, pueden tolerar la cafeína con cierta moderación, un consumo excesivo puede originar la aparición de convulsiones, derrames cerebrales y, en casos más graves, muerte súbita.

Los niños y adolescentes presentan un riesgo mayor de desarrollar efectos adversos tras el consumo de bebidas energéticas, debido a que presentan una menor tolerancia a la cafeína y a otras sustancias estimulantes que podríamos encontrar en la composición de este tipo de bebidas.

Entre estos efectos podemos mencionar, sobre todo, la aparición de problemas para conciliar el sueño y dormir con normalidad, dolores de cabeza, palpitaciones, náuseas, convulsiones, diarrea y vómitos. 

Distintos estudios también han encontrado que aquellos jóvenes que consumían bebidas energéticas eran más propensos, con el paso de los años, a consumir alcohol o beber en exceso, fumar, consumir drogas o mostrar cierta hiperactividad, además de otros comportamientos de alto riesgo, lo que se relaciona incluso con comportamientos autodestructivos.

A largo plazo también se encontraron algunos efectos más o menos evidentes. Por ejemplo, el alto contenido de azúcar presente en este tipo de bebidas influía negativamente en su peso, aumentando los casos de sobrepeso y obesidad, y finalmente de diabetes mellitus tipo 2.

Mientras que el consumo de grandes cantidades de cafeína también aumentaban el riesgo de problemas vasculares y cardíacos graves, como presión arterial elevada (hipertensión arterial), aumento de la frecuencia cardíaca y alteraciones relacionadas con el ritmo cardíaco. 

En los niños estos efectos podrían ser todavía mayores, especialmente si tenemos en cuenta que aún se encuentra en desarrollo, por lo que la cafeína, además, podría afectar negativamente a su sistema nervioso y sistema cardiovascular.

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